Was Jesus the first feminist?

Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios; hombre y mujer los creó. Y Dios los bendijo con estas palabras: “Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra”. — Génesis 1:27–28

Desde el inicio de la creación, Dios creó tanto al hombre como a la mujer a Su imagen. Les otorgó la misma dignidad, el mismo valor y la misma bendición de ser fructíferos y multiplicarse. También les confió a ambos la responsabilidad de administrar Su creación.

Desde el principio, Dios estableció una igualdad fundamental entre hombre y mujer.

Si esto es cierto, ¿cómo llegamos entonces a las batallas de género que han marcado gran parte de la historia de la humanidad y que todavía vemos hoy?

La verdad es que las estructuras sociales, culturales y religiosas han sido, en muchas ocasiones, responsables de crear, apoyar y perpetuar desigualdades, generalmente en perjuicio de las mujeres. Incluso hoy, en muchas partes del mundo, las mujeres siguen siendo privadas de derechos y oportunidades básicas. Esto ocurre, por ejemplo, en Pakistán, Afganistán e Irán, donde millones de mujeres continúan enfrentando restricciones que limitan profundamente su libertad y desarrollo, debido principalmente por la opresión islámica.

Al mismo tiempo, encuentro preocupantes ciertas expresiones del feminismo moderno, especialmente en occidente. Resulta paradójico ver cómo algunos movimientos que se presentan como defensores de los derechos de la mujer terminan justificando o minimizando sistemas que restringen gravemente esos mismos derechos.

Una cosa es estar en contra de la guerra. Otra muy distinta es romantizar o defender ideologías y grupos que oprimen a las mujeres, y hacerlo además bajo la bandera del feminismo.

Por otra parte, algunas corrientes feministas contemporáneas parecen haber sustituido la búsqueda de igualdad por una narrativa de confrontación permanente. Con frecuencia presentan a los hombres como la raíz de todos los problemas y ridiculizan a mujeres que, por decisión propia, eligen caminos considerados hoy «tradicionales» o «conservadores».

Algunos de estos movimientos parecen menos interesados en la igualdad y más enfocados en la hostilidad hacia los hombres. Como si el objetivo fuera invertir los papeles y convertirnos ahora en las opresoras. Pero eso no nos hace mejores; nos hace semejantes a aquello que criticamos.

Por eso estoy profundamente en desacuerdo con cualquier feminismo que desprecie a los hombres o que se burle de la feminidad misma, rechazando la belleza de la mujer y las fortalezas únicas que ella posee.

Permíteme ser clara: me considero feminista.

Pero mi definición de feminismo es sencilla: Significa luchar para que las mujeres tengan los mismos derechos, oportunidades y valor que los hombres dentro de la sociedad, reconociendo al mismo tiempo que hombres y mujeres no somos idénticos.

Dios nos hizo diferentes, pero igual en valor. Recibimos la misma bendición y fuimos confiados con la misma responsabilidad de administrar la creación de Dios. Juntos, lado a lado.

Fuimos creados no para competir por superioridad, sino para complementarnos mutuamente.

Por eso quiero mostrarte cómo Jesús estableció el ejemplo supremo, no solo de alguien que defendió la dignidad de la mujer, sino de alguien que transformó radicalmente la manera en que las mujeres eran vistas y tratadas en su época.

Porque luchar contra la injusticia no consiste en responder con odio. Consiste en restaurar lo que estaba roto.

Y Jesús hizo exactamente eso.

Jesús restauró lo que estaba roto

En los tiempos de Jesús, las mujeres tenían muy pocos derechos. Sin embargo, dondequiera que iba, Él rompía intencionalmente barreras sociales y religiosas. Trataba a las mujeres con dignidad y respeto, reflejando el diseño original de Dios para la humanidad.

Jesús vino a restaurar lo que había sido quebrantado desde la caída en el jardín del Edén.

Consider the story of Adam and Eve. Eve ate the forbidden fruit, but Adam also failed in his responsibility. He remained passive while it happened. He did not intervene and he did not protect Eve.

Lo interesante es que Dios responsabilizó a ambos. Las consecuencias afectaron a ambos, y la promesa de redención fue ofrecida a ambos.

Cuando Jesús vino al mundo, nunca perdió una oportunidad para demostrar el valor de las mujeres y su lugar dentro del Reino de Dios.

Aquí tienes solo tres ejemplos entre muchos otros.

1. Jesús mostró que las mujeres deben tener las mismas oportunidades

Lucas 10:38–42

En la conocida historia de Marta y María, Jesús visitó el hogar de estas dos hermanas.

Marta estaba ocupada con todas las responsabilidades de la casa, mientras María se sentó a los pies de Jesús para aprender de Él.

En aquella época, la educación religiosa formal estaba reservada principalmente para los hombres. Era inimaginable que una mujer, se siente en la primera fila a aprender en vez de servir y atender la casa.

Frustrada, Marta le dijo a Jesús:

«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con todo el trabajo? Dile que me ayude.»

Pero Jesús respondió:

«Marta, Marta, estás preocupada y afanada por muchas cosas, pero solo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y nadie se la quitará.»

Jesús no solo permitió que María se sentara, descansara y aprendiera directamente de Él, sino que además afirmó públicamente su decisión.

Ella verdaderamente había escogido la mejor parte, aprender del Mesías mismo.

Jesús le otorgó a María una oportunidad que, en aquella época y cultura, estaba reservada exclusivamente para los hombres.

2. Jesús mostró que las mujeres deben tener los mismos derechos

Juan 8:3–11

Los fariseos llevaron ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio.

Le dijeron:

«Maestro, esta mujer fue sorprendida en el acto mismo de adulterio. En la Ley, Moisés nos mandó apedrear a tales mujeres. ¿Tú qué dices?»

Jesús respondió:

«Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que sea el primero en arrojar una piedra contra ella.»

Uno por uno, sus acusadores se retiraron.

El único que permaneció fue Jesús.

Y observa esto: Jesús era el único verdaderamente libre de pecado. Él era el único que podía haber arrojado la piedra y condenarla por su pecado.

Pero no lo hizo.

Finalmente le preguntó:

«Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?»

«Ninguno, Señor», respondió ella.

Jesús respondió:

«Ni yo te condeno. Vete y no peques más.»

Eso es la gracia en su máxima expresión.

El único que podía condenarla eligió perdonarla.

Jesús expuso esa doble moral. Extendió misericordia, pero también le mostró el camino para una vida transformada.

La trató como alguien digna de justicia, dignidad y gracia.

3. Jesús mostró que las mujeres tienen el mismo valor

Juan 4:1–42

En esta historia, Jesús rompe dos enormes barreras sociales.

Habla con una samaritana.

Y además habla públicamente con una mujer.

Sorprendida, ella le pregunta:

«¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides agua a mí, que soy mujer samaritana?»

Los judíos y los samaritanos evitaban relacionarse entre sí, y los hombres rara vez conversaban públicamente con mujeres de esta manera.

Además es hermoso observar que una de las conversaciones más largas registradas de Jesús en los Evangelios fue precisamente con esta mujer.

Ella no era considerada un ejemplo moral.

Había estado casada cinco veces y convivía con un hombre que no era su esposo. Imagínate el escándalo que eso representaba en aquella época.

Sin embargo, Jesús no se acercó a ella con condenación.

Ni tampoco fue al pozo simplemente por agua.

El fue por ella.

Jesús vio su valor antes de que ella misma pudiera verlo.

Y a través de su testimonio, muchas personas de Samaria llegaron a creer en Él.

4. La voz de una mujer importa

También es fascinante observar que las mujeres permanecieron junto a Jesús durante Su crucifixión cuando muchos otros huyeron. Incluso varios de Sus discípulos se escondieron.

Pero ellas permanecieron.

Y fueron precisamente aquellas mujeres las primeras testigos de Su resurrección.

En una sociedad donde el testimonio femenino tenía poco valor legal, Jesús eligió a mujeres para proclamar la noticia más importante de la historia de la humanidad.

Fueron mujeres las primeras personas en ver al Cristo resucitado.

Para Jesús, la voz de una mujer importaba.

Tenía valor.

Era preciosa.

Y fue la voz de una mujer la primera en anunciar que la muerte había sido vencida.

Entonces, ¿era Jesús feminista?

La próxima vez que alguien te diga que Jesús era sexista, invítalo a leer los Evangelios.

Es trágico que la religión —e incluso muchas iglesias— hayan fallado en muchas ocasiones en reflejar el valor que Jesús otorgó constantemente a las mujeres. Y pierden más tiempo escogiendo versículos sacados de contexto para no otorgar el lugar que una mujer merece en la iglesia.

Así que, querida feminista, en lugar de gastar tu energía promoviendo el odio hacia los hombres o intentando convertirte en alguien que nunca fuiste llamada a ser, te invito a abrazar la belleza de tu feminidad y los dones que Dios ha puesto dentro de ti.

El mundo no necesita que las mujeres se conviertan en hombres.

El mundo necesita mujeres seguras de quiénes son en Dios.

Mujeres fuertes.

Mujeres sabias.

Mujeres valientes.

Mujeres que comprendan el inmenso valor que Dios les ha dado.

Si perdemos las fortalezas únicas de la feminidad porque intentamos desesperadamente imitar a los hombres, el mundo perderá algo hermoso que solo las mujeres pueden ofrecer.

Y si alguna vez dudas del amor de Dios por las mujeres, recuerda esto:

Dios nos creó a su imagen.

God Dios nos dotó de una fuerza, sabiduría y belleza inimaginables.

Dios escogió a las mujeres para traer vida al mundo.

Dios escogió a una mujer para traer a Su propio Hijo al mundo.

Y Dios escogió la voz de una mujer, para proclamar que Jesús había resucitado.

Abraza la belleza de ser mujer <3

Con amor,

Ana Laura